sábado 12 de diciembre de 2009

Una celebración diferente



Todo empezó pensando en cómo adornar la casa, con la idea de realizar una pequeña celebración antes de que cada cuál volviera a visitar el hogar familiar, o, en su defecto, saliera de vacaciones. Porque, aunque no seamos todos paganos en esta casa, después de la experiencia de la confección de nuestro "Altar de muertos", decidimos no dejar escapar ninguna de las celebraciones del ciclo anual. Ciertamente no teníamos demasiado dinero, pero de todos modos comprar un triste árbol de plástico no es algo que hubiese entrado fácilmente en nuestros planes, mientras que conseguir uno de esos pobres abetos talados sin escrúpulo alguno no creo que nos hubiera hecho sentir demasiado bien con nosotras mismas.

Me fui a la ducha, y salí con una idea. Al día siguiente me presenté con un tubo de papel de embalar y unas cajas de tizas de colores: Dibujemos nuestro árbol! Como no somos artistas, en el sentido plástico de la palabra, decidimos apegarnos a esa tradición “parvulístico-kinderiana” que antepone la intención a los resultados, y nos dejamos llevar, disfrutando de la experiencia.


El árbol en el mural



Teníamos un mural enorme en el suelo, y en primer lugar dibujamos un simple abeto, bien grande, con la idea de decorarlo posteriormente añadiéndole algunos adornos. Pero el juego había iniciado, y no nos íbamos a detener en ese punto.

Es imposible evitarlo, cuando empiezas a trabajar con las manos en un ejercicio de libre expresión, algo salta desde lo más profundo de tu ser , poniéndose cómodo en su lugar, y dirigiendo la función. Hay algo significativo en el simple hecho de elegir un color, en seguir un tipo de trazo, en reproducir una u otra forma, una u otra imagen. Pienso en todos esos tests psicométricos, de los que hacen en las entrevistas de trabajo y en lo que dejan escapar, por falseables. Dibuja, lo que sea, dejando atrás el miedo a ser juzgado, y en un momento estarás teniendo una conversación tan íntima contigo mismo que parece hasta indecente que alguien se atreva a fisgonear en ella sin haber sido invitado.

Nos pareció que el entorno del árbol se veía demasiado vacío, y nos repartimos el espacio de modo que cada quién dibujara, según su parecer, un fondo. Estos fondos, no planeados, convirtieron a nuestro árbol en un auténtico axis mundi , que se rodeaba de naturaleza salvaje, áreas rurales y grandes ciudades. El sol partía, temporalmente derrotado, las estrellas brillaban a sus anchas y la luna llena se reflejaba en las aguas. Por decirlo de un modo resumido...

Fueron apareciendo distintos personajes, cada cuál con una historia que fue revelada a su debido tiempo y que, tal vez, cuando empezó a ser dibujada, aún no estaba ahí. En la ciudad, por ejemplo, había dos personas aburridas, un adicto a internet y una adicta a la televisión - concretamente, a “Sex and the city” (!) -, eran vecinos que se ignoraban hasta el día que fueron a coincidir... ahora, para su suerte, se ahorran uno de los dos alquileres y tienen cosas mucho más interesantes que hacer entre ellos.

Por la campiña, fluía un río en el que nuestros peces – muertos hace algunos meses- pueden al fin nadar eternamente felices. Un pastor de la Cavalleria Rusticana toca para sus ovejas, mientras éstas pastan entre flores y nopales -“algo mexicano tenía que aparecer”-. No demasiado lejos, junto al Lago de los Cisnes, se encuentran Clara y el Cascanueces - todo parecido de nuestro Casacanueces con Jacko es pura coincidencia... pero cómo nos reímos-. Poe si alguien lo duda aún, hay estudiantes de música en casa.

Y en la parte salvaje, dónde ya es de noche y reina el silencio, están las montañas nevadas y los bosques, y las cosas ocurren como hace miles de años; la osa duerme el largo sueño del invierno junto a sus cachorros, en la cueva, mientras el lobo vela contemplando el plenilunio antes de llamar a sus compañeros para iniciar la caza nocturna. El ciervo solitario, señor de los bosques, bebe de las aguas nítidas, en lugar de estar corriendo por los cielos tirando de un estúpido trineo sobrecargado.

Añadimos a la lista de materiales un sobre de diamantina -brillantina-, un paquete de papel de colores, un marcador y algunas cosas más que corrían por la casa y decidimos reciclar. Pasamos unas cuantas horas tiradas por el suelo, dibujando, coloreando e imaginando estas historias. Tal vez fuera algo absurdo, pero al mismo tiempo, tenía sentido... Y no pude evitar pensar en cuántos árboles se salvarían de la tala y cuánto disfrutarían los niños si sus familias decidieran tener el tiempo suficiente para hacer esta clase de manualidades con ellos, y lo que llegarían a conocer unos de otros entre cuentos, imágenes y risas.

Decidimos, por otra parte, que si habíamos dibujado el árbol que no podíamos tener, también podíamos dibujar a Mastropiero – sí, por Les Luthiers- , la mascota que no podemos tener. Mastropiero debía explicar, en principio, que este árbol nuestro era más económico y ecológico que los abetos talados, pero finalmente, fiel a la independencia propia del espíritu gatuno, decidió hacernos un favor y cumplir una función de la que hablaré unas líneas más adelante.

Finalmente, decidimos aparecer, junto a nuestras invitadas, en el paisaje. Nos dibujamos como esas antiguas muñecas de papel para recortarnos y pegarnos por ahí. Lo gracioso fue que, cuando encontramos el lugar para instalarnos, encontramos también la casa por la que tanto hemos peleado - y segumos en ello-, como si nos hubiera estado esperando.

Colgamos el mural de la pared y pusimos a sus pies una mesita que contenía un sobre para cada quien, a modo de esos calcetines que en las ilustraciones navideñas cuelgan de la chimenea, y una velita del mismo color (por lo que decidimos que ya no eran necesarias las guirnaldas eléctricas).



Decorando el árbol


Mientras terminábamos el mural empezamos a pensar cómo decorar nuestro árbol. Teníamos sólo una estrella para coronarlo, pero como contábamos con un paquete de papel de colores, uno por cada invitado, lo lógico era hacer una serie de círculos a modo de esferas, para que cada quien las colocara a su gusto.

En algún momento se nos ocurrió hacer de nuestro árbol un acto de agradecimiento. Realmente la idea se hacía cómica, dado que el año que despedimos, en diferentes aspectos y niveles, ha sido bastante malo para todas. Podríamos haber desechado la idea - haber convertido nuestro árbol en una carta de reclamación, por ejemplo - pero, sin embargo, nos pareció un reto que merecía ser enfrentado. Después de todo, lo que importa no es tanto lo que nos sucede, sino lo que hacemos con ello.

Preparamos las bandas: “Gracias 2009”. “Bienvenido 2010” ... y no podía faltar el grandioso lema “Por la expansión del ser!” (*).

Luego preparamos las esferas, las decoramos y las repartimos. Hubo entonces un momento de silencio. No habíamos contado cuántas había para cada persona, pero a todas nos parecieron demasiadas. En un mal año teníamos que encontrar al menos 10 cosas que agradecer... Y las encontramos. De hecho encontramos aún más, y las esferas pasaron a contener más de uno y de dos agradecimientos. Fue algo realmente extraño darse cuenta de todo lo bueno que ,a pesar de las circunstancias, nos había rodeado... y al mismo tiempo nos ayudó a dejar ir todo lo demás, todas las cosas feas, difíciles y dolorosas que habían sucedido. Simplemente, ya habían sucedido. Ahora, estamos bien. Lo celebramos.


Compromisos, objetivos y deseos.


La idea de los compromisos, objetivos y deseos surgió también mientras estábamos terminando el mural. Teníamos una cena, un árbol, un atípico belén... y sólo nos faltaba algo remotamente parecido a la carta a los Reyes Magos. Tal vez por eso Mastropiero decidió que,en lugar de dar un discurso acerca de ecología a nuestros vecinos, podía ser más útil haciendo de mensajero entre nosotros y “Quien corresponda”.

Aprovechamos nuevamente el papel de colores y, cada cuál con el suyo, preparamos tres cartas distintas. La carta de compromisos era para nosotras mismas, un pacto o una promesa que llevar a cabo durante el ciclo que iniciamos. La carta de objetivos contenía aquellas metas que debían ser claramente definidas, sujetas a una fecha y comprobables. Los compromisos y los objetivos tienen en común que sólo pueden depender de nosotros, la diferencia radica en que, por ejemplo, el propósito “ser fiel a mí mismo” no puede ser comprobable al tiempo que sería un poco absurdo darle una fecha, puesto que se refiere a un proceso continuo. Una vez definidos los compromisos y los objetivos, algo que nos obligó a centrarnos, nos soltamos escribiendo la carta de los deseos, es decir, de aquellas cosas que nos encantaría que pasaran pero que, al menos por el momento, no están en nuestra mano o no dependen sólo de nosotros. Una vez estuvo todo escrito, lo volvimos a revisar, por si acaso... Ya se sabe, hay que tener cuidado con lo que se desea. Luego fuimos desfilando frente al árbol, prendiendo nuestra velita, saludando a Mastropiero - que parecía muy ufano en su carácter de espíritu familiar – e introduciendo nuestras cartas en su saco, para que las llevara donde Él-debe-saber.

Por un momento, recordé los viejos textos e ilustraciones que estereotiparon el akelarre (**), y me pareció que empezábamos a parecer más brujas de lo que habíamos pretendido... pero el hecho es que las cosas así salieron.



La Celebración


En general, todo el proceso fue una gran celebración, el estar jugando en el suelo, coloreando, recortando y pegando, preparar esa comida que terminó siendo una cena, escribir y escribir, hablar y hablar... mientras escuchábamos a Loreena McKennitt, los villancicos de la H. P. Lovecraft Historical Society - para muestra ver Carol of the Old Ones o Awake Ye Scary Great Old Ones -, y otros graciosos himnos youtuberos que tantas veces han llegado para rescatarnos del más bajo de los ánimos... Sólo que en algún momento se nos ocurrió también maquillarnos exageradamente ( algo definitivamente más rápido que confeccionar unas máscaras, verdad?), vestirnos "de gala" para la ocasión, hacernos un millón de fotos que no creo que enseñemos demasiado y alocarnos un poco con el baile... Terminamos terriblemente cansadas y felices.

Coincidimos en que habíamos construido, a partir de un simple enorme pedazo de papel de embalar, la mejor fiesta de "Navidad" en la que hemos estado... sin un momento de aburrimiento, sin responder preguntas maliciosas, sin diálogos de besugos, bromas pesadas y, por cierto, sin una gota de alcohol de por medio. Fue como si alguien hubiera escondido un pedazo de “auténtica navidad”; de esa que de pequeños somos capaces de vivir con todos nuestros sentidos, y la reencontráramos como un tesoro. Hicimos muchas tonterías y bromas, sin embargo, no es menos cierto que raramente los adultos conceden tanta importancia o solemnidad a los momentos que las merecen como los niños hacen.

Oficializábamos al mismo tiempo, de este modo, nuestra calidad de familia, no biológica y no típica, pero familia al fin.


El mejor Regalo


Quedaban por rellenar los sobres-calcetín... Unos días más tarde hubo regalos simbólicos, pero lo mejor estaba por llegar. En un principio habíamos pensado en escribir cada quien una nota, algo así como una postal, para introducir en el sobre de las demás, a modo de felicitación o recuerdo. Sin embargo, éstas terminaron por convertirse en auténticas cartas. Y fue genial abrir el sobre y encontrar cartas de verdad, escritas de puño y letra. Quien sabe cuánto tiempo hacía que no recibíamos una de esas. Pero más genial aún fue lo que contenían, ni rastro del tópico “Espero que pases felices fiestas en compañía de tus amigos y familiares” o derivados. Eran palabras personales, cómplices, dirigidas a alguien que solo podía ser uno, palabras capaces de funcionar en el momento más bajo como un escudo, o una vida extra... Definitivamente, no puede haber un mejor regalo que éste.


Postdata


Todo el material empleado nos costó menos de 200 pesos – que al cambio son unos 10 euros – y con eso varias personas pasamos muchas horas de trabajo y entretenimiento. Prácticamente salió solo... No consultamos libros, simplemente nos pusimos a la tarea, con la disposición adecuada, y nos preguntamos a nosotras mismas qué nos apetecía hacer. Literalmente inventamos, sobre la marcha, la dinámica. A veces no necesitas tanto un “terapeuta”, sino un amigo, no necesitas encontrar un "coven" , sino las personas adecuadas. A veces, a fin de cuentas, no necesitas buscar, sino prestar atención a lo que ya está ahí, esperando a que te des cuenta.

Y mientras escribo el artículo viene una de las compañeras y me comenta “Creemos que Mastropiero ha hecho bien su trabajo, ya empiezan a suceder las cosas...”.



Notas:

(*) La expansión del ser : una filosofía sacada de la nada que predica la voluntad de aferrarse a las ganas de vivir, aderezada con una pizca de hedonismo... Como esto deriva en reuniones que incluyen chocolate, crepas, gigantescos platos de pasta y demás, el resultado es que el “ser” se expande... aunque sea horizontalmente.

(**) Para muestra, revisar el clásico de Margaret Murray : "El Dios de los Brujos" (en Scrib), buscando "gato".

miércoles 9 de diciembre de 2009

La Máquina de construir la realidad (III). El Tejido: Crear y Transformar


Viene de:
La máquina de construir la realidad (II): Materiales y Planos

El Tejido: Crear y Transformar.

Ratatouille
se ha convertido en una de mis películas preferidas, porque habla con sencillez de la vocación, el impulso de buscar un camino propio, de correr riesgos probando cosas nuevas, las mil formas que tenemos de sabotearnos y ayudarnos, los entresijos de la crítica y de la necesidad de crear y transformar.
La necesidad de crear no corresponde sólo a lo que entendemos por artistas, inventores, etc. está en todos nosotros y, cuando la desoímos, nuestra vida resulta empobrecida. Sin embargo, como estamos acostumbrados a entorno mal construido a base sucedáneos, a penas podemos darnos cuenta de esto. Como quien se habitúa a un espacio débilmente iluminado nos sorprendemos cuando , por una confusión, los focos son cambiados por unos de mayor intensidad y aquel espacio tan cotidiano aparece como algo completamente nuevo ante nuestros ojos.

Es difícil, en ocasiones, aceptar esta función creadora que nos corresponde en nuestras propias existencias, sobretodo cuando concebimos la vida como una película que pasa ante nuestros ojos sin que podamos hacer nada al respecto. La idea de que el humano – cada humano - es el centro del universo – su universo - puede no ser tan desacertada. Sin embargo, se trata de una toma de conciencia que se da de forma progresiva, empezando por las pequeñas cosas, aparentemente carentes de importancia.

Crear no significa sacar cosas de la nada, sino encontrar nuevos caminos, nuevas combinaciones, aportar matices, o rescatar algo olvidado, sacarle el polvo, y lograr que se integre en el contexto en que vivimos. Crear es tomar algo del mundo, y retornarlo transformado después de haberlo procesado dentro de nosotros mismos. Asumir la posición que nos corresponde en esa red a la que todos estamos, conscientemente o no, conectados.

Por poner un ejemplo, hace unos días acudí a un evento en el que se presentaban varios grupos musicales noveles. Algo que me sorprendió fue el hecho que la mayoría de ellos se presentaran interpretando, cada cuál en el género escogido, canciones de otros grupos conocidos. Supongo que lo harían creyendo que tenían más posibilidades de éxito repitiendo fórmulas que ya lo habían tenido, pero lo cierto es que las copias devaluan el producto. No es el original, y tampoco aporta nada nuevo, por lo que el público se aburre... En cambio, en cuanto aparece un grupo con el coraje de enfrentar ese mismo público aportando algo nuevo, aún sin saber si va a funcionar o no, interactuando con él, haciéndolo responder, obtiene de inmediato su complicidad. Incluso aunque su técnica o estilo no sean de lo mejor, algo hace que se reconozca ese esfuerzo de aproximación. Cuando creamos algo, aunque nos inspiremos en algo preexistente, no devolvemos al mundo lo mismo que hemos tomado, sino que aportamos algo de nuestro propio ser antes de retornarlo. Contribuimos a la suma total de lo creado con nuestro granito de arena. Crear es saber dar de lo más importante que tenemos, tal vez de lo único que en realidad nos pertenece: Nosotros mismos. Por eso, a veces, da miedo. Miedo de no hacer las cosas lo suficientemente bien, miedo del rechazo... Sin embargo, en cuanto cumplimos con la tarea, nos sentimos mucho mejor.

Imaginemos que esa red a la que todos estamos vinculados, de la que todos tomamos y a la que todos devolvemos algo, requiere de un poco de trabajo de parte de cada conciencia para que pueda mantenerse. Cuando llegamos al mundo, encontramos un pedazo gigantesco de tejido suficiente para acogernos, porque las generaciones anteriores han trabajado en ello. La tela, la red, está confeccionada con materiales y técnicas muy diversos, de lo que se deduce que por más que algunas partes de la misma gocen de una salud envidiable, otras muchas envejecerán con mayor rapidez y requerirán ser renovadas continuamente a causa de agujeros, roces, manchas, etc.
Cuando somos niños, y nos preguntamos por esas grandes cuestiones universales, como “Quiénes somos”, “De dónde venimos” etc. es porque nos damos cuenta que el pedazo de tejido que conocemos tiene límites y lo que se extiende más allá de éstos es un misterio para nosotros. También nos preguntamos cómo está hecho el tejido que observamos, de qué maneras los hilos se cruzan, juntan, enredan y anudan para formar las imágenes que vemos en el tapiz.
Y a medida que crecemos, con mayor o menor arte, incluso olvidando estas cuestiones universales, aprendemos por mimetismo a tejer nuestro propio pedazo. Éste no tiene porqué ser un proceso consciente, del mismo modo en el que el empleado de una cadena de montaje no tiene porqué conocer el modo en el que la pieza de cuya factura se encarga ensamblará finalmente con aquellas que otros trabajadores están preparando en ese mismo momento, así como no tiene porqué conocer como se hacen esas otras piezas o la función que desempeñan en el producto final.

Entre los criterios que se siguen para evaluar la calidad y durabilidad de las sábanas -por mencionar un tejido- están la calidad de los materiales con los que están fabricadas, la calidad del proceso de confección, y el número de hilos contenidos en una pulgada cuadrada de tela ( a más hilos, mayor calidad). Podemos emplear los mismos criterios para evaluar el modo en el que estamos tejiendo nuestras obras o nuestra realidad: la calidad de los materiales que seleccionamos, la atención y cuidado que ponemos en el proceso, y la intensidad que vertemos en él.
El uso de muchos hilos, muchas líneas que vinculan de diferentes maneras las ideas, acciones, emociones etc. con los que trabajamos no significa que la complicación aporte mayor calidad a nuestra obra: la complicación deriva en nudos y enredos que no representan nada bueno a la hora de tejer. El uso de muchos hilos aporta complejidad ( aunque esta palabra sea en ocasiones sinónima de la anterior, remite directamente al término latino “enlazar” ),y puede conseguirse respetando un patrón sencillo que quedará infinitamente enriquecido y reforzado. Por ende, si tomamos conciencia de la importancia de nuestra tarea creadora, escogemos bien los materiales, somos cuidadosos en el proceso, y nos preocupamos de añadir un plus de calidad con el uso de la mayor cantidad de “hilos” disponibles, la parte de obra que nos toca no sólo tendrá una mayor calidad, sino que durará en el tiempo... algo que nuestro entorno y las generaciones venideras que puedan apreciarlo seguramente nos agradecerán.

La sábana de alta calidad y la de baja calidad pueden tener las mismas medidas, y cumplir la misma función de cubrirnos mientras dormimos, pero no están confeccionadas igual, ni a partir de los mismos materiales, ni nos sentimos igual envueltos en una o en la otra. Podríamos decir que las sábanas de baja calidad imitan la sábana estándard, tratando de abaratar al máximo los costes ( tiempo, energías, etc), aunque eso suponga también una vida útil más corta. Las sábanas de calidad buscan lo contrario, mayor satisfacción y durabilidad aunque ésto suponga un aumento en los costes. Cuando hablo de “aprender a tejer por mimetismo”, no me refiero sólo a que aprendamos las medidas y las funciones del tejido, sino a escoger entre materiales y técnicas de confección que diferencian una sábana de baja calidad, una estándard y una de alta calidad.

Por eso, si aprendemos a “tejer” por mimetismo - es decir, incluso sin necesidad de ser conscientes del proceso- cuantos más tejedores en activo avocados a la búsqueda de la calidad existan, mayor será el número total de tejidos de calidad. Estos tejidos, además, gozarán de una larga vida, por lo que aunque una generación entera de tejedores de calidad se extinga, las que la sigan podrán encontrar pedazos de su tela y tratar de descifrar cómo fue confeccionada, recuperando el saber “perdido”.

Si bien imagen mítica de las Moiras o las Parcas nos remite a la metáfora de la vida humana como un hilo único en este tejido, y un proceso en el que el humano no tiene nada que hacer, encontramos también el mito de Aracné, la muchacha que, consciente de su habilidad en el tejido, osó retar a los Dioses enfrentándose a Minerva. Con su arte Aracné conseguiría demostrar que su habilidad era superior la de la misma diosa, pero también demostró su poca sensatez a la hora de escoger el motivo de su tapiz: una burla a las divinidades que supuso el correspondiente castigo divino.

El mito de Aracné supone para sus mortales lectores a la vez una esperanza y una advertencia. Podemos detentar los poderes, capacidades o habilidades que tradicionalmente son considerados divinos, esto es, fuera del ámbito humano. Ahora bien, ese inmenso poder que está a nuestro alcance conlleva una responsabilidad proporcional. Si aprendemos a tejer nuestra realidad, y con ello a decidir sobre nuestro propio destino... deberemos estar a la altura a la hora de elegir los motivos, puesto que no podremos eludir la responsabilidad sobre nuestras elecciones.

La necesidad de crear, de tomar nuestro lugar en el mundo, tomando de él y devolviendo a nuestra vez, tiene relación con la reciprocidad. Pero en virtud del proceso que efectuamos en nosotros, del que la conciencia puede hacerse responsable, también se relaciona estrechamente con la capacidad de transformación. Pensemos en un entorno hostil al que, por error o necesidad, vamos a parar. Raramente recibamos algo bueno de este entorno, pero podemos transformar este cúmulo de información en nuestro interior, y devolverlo al mundo en una forma nueva, hermosa, útil, etc. Esa será una elección que sólo depende de nosotros porque, de hecho, también podríamos tomar cualquier cosa valiosa del exterior y devolverla desgastada, que es lo que sucede con las malas imitaciones. O incluso podríamos retornarla sucia, estropeada y convertida en basura después de haber pasado por nosotros... Que es lo que sucede cuando un puñado de fanáticos tratan de apropiarse de cualquier obra espiritual patrimonio de la humanidad. El dogmatismo, el maniqueísmo y el autoritarismo, por definición, no admiten demasiados hilos en sus burdos tejidos (incapaces de comprender múltiples conexiones, de aceptar la variedad, de valorar matices), por lo que podemos hacernos una idea de la calidad de sus productos y su contribución al género humano.

En fin, cuando tejemos, o cuando ponemos en funcionamiento nuestra máquina de construir la realidad, no lo hacemos sólo por nosotros mismos, sino por aquellos que nos rodean, y, en último término, por la humanidad en su conjunto. Tampoco lo hacemos porque un rayo divino haya caído sobre nuestras cabezas, convirtiéndonos en una especie de “elegidos”, es una función natural en cada ser humano, la diferencia está en el grado de conciencia que apliquemos a esta tarea. Por último, no hay que tener miedo a no hacer las cosas lo suficientemente bien, lo importante es hacerlas lo mejor posible, con lo que tengamos a mano. Recordemos que damos de lo único que realmente poseemos: nosotros mismos. Si hemos llegado a este mundo, será que tenemos un papel en él, tal como somos: Ni más ni menos. Y que “quien hace lo que puede, no está obligado a hacer más”.

sábado 5 de diciembre de 2009

Un Crudo Invierno

Y este es uno de esos cuentos que los sueños nos susurran, dejándonos la tarea de descifrarlos.

Un crudo invierno


Contaba prácticamente 80 de ellos, y aquel era, definitivamente, un crudo invierno. Mientras arrastraba con dificultad los pies sobre el suelo de la cocina a la que fue confinada en alguno de tantos años que quedaron atrás, pensó que tal vez estaría bien que fuera el último. Tenía una larga cabellera blanca, un desgastado vestido negro con un delantal perennemente abrazado a él, y poco más que las arrugas en sus manos. Tenía también un secreto que, ella creía, debía valer más que aquella casa en la que servía, con sus vajillas de lujo y cubertería de plata incluidas, con todas las lámparas, tapices y muebles. Un secreto de niña.

Tras las ventanas, el sol irradiaba en la mañana helada, y la nieve amontonada parecía una valla que marcaba el límite entre el bosque y el patio; entre la enramada salvaje y aquel claro arenoso en el que en otros tiempos corretearan las gallinas y ahora sólo sobrevivía un rosal. Era un invierno crudo, y tras aquellos montones de nieve los lobos, azuzados por el hambre, dejaban atrás su habitual timidez y se acercaban a los pueblos y caseríos en busca de cualquier despojo que les permitiera esquivar la muerte, así fuera sólo por un rato más. Ella no los temía, ni a los lobos, ni a la misma muerte; no le quedaban razones para ello mientras, de hecho, planeaba aquella despedida silenciosa que no quería dirigir a nadie en particular.

Su cuerpo no respondía como antaño, tan desgastado como su ropa, su memoria había hecho una sala selección entre aquello que valía la pena conservar y lo que no, de modo que tenía una fantástica colección de recuerdos cuya joya era el secreto que la había acompañado desde la infancia. Y había sido en un invierno al menos tan frío como este, y había sido del otro lado de la valla de nieve, bajo el enramado salvaje del bosque. Muchos años atrás, cuando su pelo blanco eran dos trenzas trigueñas que se escondían bajo la capucha de un sayal gris y roído. Y estaba sola en el bosque, y se había perdido... Tampoco entonces temía a los lobos o a la muerte, que aún no habían sido presentados. Temía el frío y el hambre que la aguijoneaban y la hacian flaquear mientras el cielo oscurecía y no sabía a dónde dirigirse.

Entonces apareció el hada -rió al recordar esto-, apareció aquella mujer que parecía resplandecientemente hermosa, la tomó de la mano, la acompañó por el camino hasta el pueblo, y allí la dejó, dándole una torta y prometiéndole que nunca volvería a pasar hambre. Ella, ya a solas y camino a la casa, había dado un mordisco ínfimo y reverencial al pan y su hambre había desaparecido como por arte de encantamiento. Entonces decidió guardar el resto, no tanto por si se volvía a presentar la necesidad como una prueba de lo sucedido. Aquel constituía, prácticamente, su primer recuerdo, entorno al cual todo se nublaba, y pudiera muy bien haber sido tan sólo un sueño; Sin embargo el pan seguía en buen estado a pesar del paso de los años, y muchas veces le bastaba con mirarlo para darse ánimos. Ese era su secreto.

Pero ya era vieja, y algo le empujaba a despedirse de la vida, así que tomó su secreto, su tesoro, su mágico pan, dispuesta a desmenuzarlo bajo el rosal para compartirlo con los pájaros y otros animalillos que hallaran en él un consuelo a aquellos rigores que el frío imponía. Pero al salir no fueron pájaros lo que encontró, sino una manada de lobos oteando la casa desde el límite del bosque. La mayoría de ellos eran de colores claros, entre los que destacaban algunos individuos de pelaje castaño y tonalidades más oscuras. A pesar de lo denso de su pelaje, su delgadez se hacía patente. Con todo, aquellas criaturas tenían un aspecto más curioso que fiero, y guardaban las distancias cómo si ellas fueran las que algo debían temer.

Un lobo café oscuro fue el primero en acercarse a la anciana. Le pareció un cachorro grande, tal vez sólo porque ella se sentía vieja. Le dio de su pan, y el animal lo comió, sin un rastro de agresividad. Luego le habló;


- Hermana... tenemos hambre. Pero no quisiéramos causar mal, ¿puedes darnos algo más?


La anciana consideró aquel prodigio del lobo hablador como una culminación de lo que uno puede llegar a ver en la vida. "Claro que sí, déjame ver..." pensó mientras asentía con la cabeza. Luego entró de nuevo en la cocina y abrió la despensa donde, prácticamente junto a la basura, se guardaba aquello que sus amos estimaban que debía bastarle para comer. Entre los insectos que correteaban espantados halló a penas una ristra de tomates secos y harina para preparar unas gachas. Entonces pensó que, después de todo, las salchichas que se estaban cociendo en la olla grande "estarían mucho mejor en boca de lobos que en boca de cerdos", y como debía ser su último día en la tierra tampoco importaba mucho el castigo que quisieran imponerle por la travesura... dado que no iba a estar disponible para recibirlo.

Así que, disfrutando como nunca, preparó unas gachas con salchichas para la manada de lobos que esperaba con civilizada paciencia en la linde del bosque, riéndose sola exactamente como la vieja loca que siempre le decían ser. Cuando estuvieron listas sacó la olla al patio y los llamó a comer. Entonces se oyeron los gritos de la matrona y la mayordoma orondas, descendiendo apresuradamente los escalones que llevaban a la cocina, armadas con escobas cuyo destinatario, antes que los lobos, debía ser la anciana. "¡Esa vieja loca está llamando a los lobos!" " ¡Les da nuestra comida, maldita bruja desagradecida!"

Y la anciana, que no podía hacer otra cosa que reír como una niña en el quicio de la puerta del patio, a penas se dio cuenta al empezar a correr que las arrugas de sus manos habían desaparecido, que su cabello volvía a ser trigueño, que el cuerpo le respondía con mayor agilidad que nunca, o de que, tras saltar el montón de nieve que separaba el patio del bosque, había aterrizado sobre cuatro patas lobunas.

Cuentos

Pienso en noches largas y frías en las que "lo mejor del mundo" es hacer acopio de provisiones y encerrarse en casa, ponerse cómodo cerca de la fuente de calor más próxima, y ver una película, tomar un libro, o simplemente dejar que el tiempo se escurra lentamente y la mente divague, jugando con imágenes e ideas que nunca serán lo mismo cuando tratemos de compartirlas con otros. Eso me hace pensar en los cuentos, en el clima que propicia leerlos, escucharlos, narrarlos, recrearlos en nuestra mente... o verlos nacer. Los cuentos como algo más que hermanos menores de la mitología.

La mitología tal como se nos enseña en las escuelas - cuando hay suerte- es como una de esas fotografías de familia en las que todos posan sonrientes. Tras mirarla por un rato, uno no puede evitar darse cuenta de lo poco que esa imagen fija deja entrever de lo que fueron esos personajes, o las complejas relaciones que entre ellos existieron. Habrá que buscar por nuestra cuenta, en obras especializada, para encontrar el material necesario que llene ese vacío, que complete lo que la pose trata de disimular, esquivar las maniobras publicitarias (cada época tiene las suyas) y hallar algunos de los secretos, detalles, matices y sombras que delatan esa complejidad que abre las puertas a un universo de significados realmente vasto. Dicho de otro modo, dado su carácter "serio", a la mitología se la reduce a un puñado de historias aisladas.

Los cuentos, por el contrario, - tal vez porque no se les ha hecho demasiado caso, o no se los ha considerado algo "serio" - han escapado de estas versiones oficialistas en cuanto han tenido ocasión. Si bien es cierto que en los cuentos "infantiles" conocidos de todos nos encontramos con la censura o dulcificación perpetradas por autores como Perrault o los hermanos Grimm, algo en el propio cuento nos lleva a deducir a través de los silencios y brechas de la narración su verdadera textura... Algo como una semilla enraíza el cuento en nuestra mente y crece junto a nosotros - en nosotros- una versión propia, más acorde a esa naturaleza esencial de la narración. Él recorre la geografía y el tiempo junto a los humanos, como un compañero de viaje, saltando de una persona a otra, siendo interpretado y reinterpretado, adaptándose al lugar al que va a dar sin sentirse lastimado. Se fragmenta continuamente reencontrándose eventualmente, unos años o unos pueblos después. El cuento, cada cuento, parece conocer a los otros como partes de sí mismo, y saber además el punto en el que las distintas narraciones se podrían acoplar.

Todos tenemos cuentos. Algunos llegaron a través de películas o libros, y otros a través de la tradición oral. Son de otros, pero los hacemos nuestros.Existen también cuentos que parecen haber nacido en nosotros, a partir de una imagen que azuzó nuestra imaginación, o una canción que nos llevó más allá de su música y letra, un momento en el que nuestra mente divagaba y encontró algunas ideas que le pareció bien combinar, o bien nos fueron susurrados a través del sueño o la pesadilla. Son nuestros, pero sin embargo, comparten un fondo común con todos los demás.

A pesar de las apariencias, no es tan fácil dañar al cuento. Incluso si la voz del último narrador se extinguiera, o si el cuento y su sabiduría de fondo fueran olvidados, el primero volvería a sugir de la fuente inagotable de la que procede y la segunda a ser buscada, como un misterio que el humano precisa lanzarse a descifrar. Volvería en sueños o visiones, como un fantasma, y se encarnaría en palabras al despertar.

jueves 3 de diciembre de 2009

Se acerca el invierno

A mediodía parece que los árboles consiguieron robar el sol de Mayo, pero a medida que oscurece el aire se enfría, y recurrimos al abrigo y la bufanda de rigor. Caía la tarde uno de esos días, extendiendo esa pátina dorada y fugaz sobre calles y edificios, cuando encontré un montón de hojas secas. El aire olía a tierra y leña quemada, y al sentir el crujido de las hojas bajo mis pies sentí que me sumergía en uno de esos momentos perfectos, imposibles de contar con un reloj.
El otoño que yo conocía, como una vasija de barro, había caído al suelo, rompiéndose y dispersando sus pedazos. Pero en ese momento cada fragmento fue recuperado, y la pieza original vuelta a la vida, sin marca o señal alguna del accidente.

Es la primera semana de diciembre, pero llevo cerca de dos meses viendo adornos navideños en WalMart -sí, al ladito de los de Halloween-. Acabo de regresar de un verano improvisado en la costa del Pacífico, y puedo sentir cómo mi memoria corporal busca el invierno del mismo modo en que ha buscado cada una de las estaciones con las que está aliado; Anhelando reencontrarse con su espíritu, aunque para ello no requiera más de un puñado de segundos desgajados del tiempo.

Es una de esas situaciones que evidencian que nuestros componentes físicos, mentales y emocionales están enlazados desde su raíz. La estación nos trae recuerdos de las sensaciones físicas (temperatura, sabores, olores...), evoca en nosotros emociones, y enlaza nuestros pensamientos con una serie de conceptos. Es también una de esas situaciones en las que nuestro cuerpo habla, con más de cinco sentidos, para comunicarse en una forma distinta que la del dolor – porque tal vez sea idea mía, pero tengo la sensación de que a veces sólo prestamos atención al cuerpo cuando nos duele algo-.

Se acerca el solsticio de invierno, y con él todas las celebraciones asociadas. Esa Navidad que persiste aunque su espíritu se haya desdibujado con el paso del tiempo, la que alegra a unos pocos, deprime a muchos y trastorna la cotidianidad de la mayoría: Simplemente no se puede ignorar. Es estresante, cuando nos asaltan preguntas absurdas como qué compraremos, o nos vemos en la necesidad de repartirnos los días festivos entre los distintos bandos familiares. Pero cuando todos se han ido y el lugar, después de reencuentros y risas, permanece cálido, en silencio, y nuestro aliento empaña los cristales a través de los que nos dejamos hechizar por el brillo ínfimo de las luces que desafían la oscuridad circundante... eso, es algo completamente distinto, también a nuestro alcance y, de hecho, a un solo paso.